texto
ELR: ¿Podrías compartir tu trayectoria profesional y qué te atrajo inicialmente al campo de la accesibilidad digital?
Mariana: Soy magíster en Accesibilidad Digital por la Universidad de Barcelona y actualmente trabajo en España, donde desarrollo mi labor como auditora y consultora en accesibilidad digital. Formo parte del CESyA, el Centro Español de Subtitulado y Audiodescripción, donde realizo auditorías, asesorías e informes especializados vinculados a la accesibilidad de productos y entornos digitales. Además, me desempeño como investigadora en la Cátedra UOC-Fundación VASS, en el proyecto “Transformación digital sin barreras: empleabilidad e inclusión”, y también integro el staff técnico de la Maestría en Accesibilidad Digital de la Universidad de Barcelona. A la vez, he publicado varios artículos (para distintos medios de accesibilidad) donde profundizo distintos temas como tipografías accesibles, documentos accesibles y LMS accesibles.
Mi trabajo combina evaluación técnica, remediación de documentos, testeo con tecnologías de apoyo y formación. Aunque mi base profesional está en España, también realizo colaboraciones con empresas de Latinoamérica.
Llegué a la accesibilidad desde una inquietud muy personal: conocer de cerca la experiencia de una amiga y su hijo autista me llevó a preguntarme cómo el diseño digital podía acompañar mejor la diversidad humana. Esa pregunta inicial se transformó, con el tiempo, en una convicción y en mi trabajo cotidiano.
ELR: ¿Cómo impulsas e implementas prácticas de diseño inclusivo en tu trabajo diario?
Mariana: Impulso el diseño inclusivo desde una lógica muy concreta: no lo entiendo como una capa final de corrección, sino como un criterio de calidad que debe estar presente desde el inicio de cualquier producto, servicio o contenido digital. En mi trabajo diario esto se traduce en varias líneas de acción. Por un lado, realizo auditorías y evaluaciones técnicas para detectar barreras de accesibilidad en webs, plataformas, documentos y entornos de aprendizaje. Pero, por otro, también acompaño procesos de mejora, porque identificar errores no alcanza si no se generan criterios claros para evitarlos en futuras decisiones de diseño y desarrollo.
En ese sentido, suelo trabajar articulando estándares técnicos, como las WCAG y la UNE-EN 301549, con una mirada más amplia vinculada al uso real, la experiencia de las personas y los contextos de interacción. Me interesa especialmente que la accesibilidad no quede reducida a un checklist, sino que dialogue con la usabilidad, la accesibilidad cognitiva, el diseño pedagógico (cuando se trata de una plataforma de e-learning) y la comprensión de la diversidad funcional.
También una parte importante de mi trabajo consiste en capacitar equipos, instituciones y empresas para que la accesibilidad deje de depender de una sola persona experta y pase a ser una responsabilidad compartida. Ahí es donde, para mí, el cambio se vuelve más profundo: cuando diseñadores, desarrolladores, editores de contenido o responsables académicos empiezan a tomar decisiones más conscientes desde el comienzo. Siempre con la idea de que la accesibilidad no es un añadido, sino una condición básica para que lo digital sea realmente usable y comprensible para todas las personas.
ELR: ¿Qué motiva tu defensa y cuál es tu visión a largo plazo para el futuro de la inclusión digital?
Mariana: Lo que motiva mi defensa de la inclusión digital es, la convicción de que el acceso a la información es un derecho. Independientemente de las condiciones físicas de las personas.
Cuando una web, una plataforma educativa, una app o un documento no son accesibles, no estamos frente a un simple problema técnico, para la otra persona se convierte en una barrera. Pero aquí el problema no es la persona, es el producto digital y estamos frente a una forma de exclusión que limita derechos, autonomía y participación. Esa es, lo que me mueve todos los días a realizar mi trabajo. La accesibilidad no consiste solo en corregir errores, sino en preguntarnos quiénes quedan dentro y quiénes quedan fuera de las decisiones que tomamos al diseñar.
Hoy en día, donde gran parte de la vida cotidiana, la educación, el empleo, la información y los servicios pasan por entornos digitales, trabajar por la inclusión digital es trabajar por una sociedad más justa e inclusiva. Los que trabajamos en accesibilidad entendemos que no es un añadido, una obligación legal o una mejora opcional. Luchamos para que sea reconocida como un criterio básico de calidad, de responsabilidad profesional y de justicia social. No es solo cumplir con las normativas por obligación, es incluir al otro.
A futuro, espero que muchas de los criterios que hoy repetimos día tras día ya no sean necesarios. Me gustaría ver equipos donde el diseño inclusivo esté incorporado desde el inicio, donde la accesibilidad forme parte natural de los procesos de diseño, desarrollo, evaluación y producción de contenidos, y donde las personas con discapacidad participen activamente no solo como usuarias, sino también como protagonistas en la toma de decisiones. Donde no debas explicar al otro que es “un lector de pantalla”, o que ese perro que esta acompañando a esa persona en realidad es un perro de trabajo.
También espero que avancemos hacia una mirada más amplia de la inclusión digital, que no se limite a cumplir criterios técnicos, sino que contemple la accesibilidad cognitiva, la diversidad lingüística esas discapacidades que no se ven, pero existen. Mi horizonte es ese: contribuir a construir un sistema digital más humano, más consciente y abierto hacia el otro, donde la tecnología no expulse ni simplifique la diversidad, sino que se diseñe desde ella y para ella.
ELR: Con la entrada en vigor de las normas WCAG 2.1/2.2 en junio de 2025, ¿qué cambios prevés tanto para los usuarios finales como para las organizaciones y sus partes interesadas?
Mariana: Si pensamos esta pregunta desde junio de 2026, creo que el cambio más importante no fue únicamente técnico, sino cultural y organizacional. Más que una “entrada en vigor” de las WCAG 2.1 o 2.2, lo que realmente marcó un punto de inflexión en junio de 2025 fue la aplicación de la European Accessibility Act, que obligó a muchas organizaciones a empezar a tomarse la accesibilidad con una seriedad distinta.
Para las personas usuarias, esto debería traducirse, progresivamente, en experiencias digitales más autónomas, más claras y menos excluyentes. No se trata solo de mejoras en navegación por teclado, foco visible, formularios o compatibilidad con tecnologías de apoyo, sino de algo más profundo: la posibilidad real de acceder a servicios esenciales, comprar, estudiar, informarse o comunicarse sin depender de terceros. En Europa, además, estamos hablando de una cuestión estructural, porque millones de personas encuentran barreras cotidianas en su relación con lo digital. Por eso, cuando un servicio no es accesible, no estamos frente a un detalle técnico, sino frente a una limitación concreta en el ejercicio de derechos.
Para las organizaciones y sus partes interesadas, la EAA implica una transformación estructural. Ya no alcanza con revisar al final si un sitio o una aplicación “cumplen”. La accesibilidad debe incorporarse desde el diseño, el desarrollo, la contratación de proveedores, la generación de contenidos, el control de calidad y la documentación de conformidad. En otras palabras, tiene que formar parte de toda la cadena de accesibilidad y de la gobernanza del producto o del servicio, y no quedar reducida al trabajo aislado de una persona experta.
Creo que, además, esta nueva etapa empieza a mostrar que ya no alcanza con pensar la accesibilidad solo en términos de cumplimiento técnico de las WCAG. Hoy también necesitamos avanzar hacia una noción más amplia de ciberaccesibilidad, donde la autonomía de uso no se vea interrumpida por barreras en procesos de autenticación, seguridad, validación o acceso a servicios digitales. Es decir, no basta con que una interfaz sea técnicamente accesible si luego los mecanismos de acceso terminan excluyendo o dificultando el uso real.
A junio de 2026, sin embargo, todavía estamos en una etapa inicial. En España, recién hace unos meses se terminó de conformar la UTAC, lo que muestra que el sistema de control y acompañamiento institucional todavía se está consolidando. En la práctica, lo que más se percibe en estos primeros meses es que muchas grandes empresas y organismos empezaron a acercarse a universidades, especialistas e instituciones para pedir orientación: cómo abordar el tema, qué normas aplicar, qué cambios deben hacer y por dónde empezar. Es decir, hay un interés creciente, pero también bastante falta de información y de madurez interna.
Mi impresión es que, para los usuarios finales, los cambios todavía avanzan más lento de lo deseable. Pero para las organizaciones, junio de 2025 sí marcó un punto de no retorno. Se empieza a entender que la accesibilidad no es un añadido ni una corrección opcional, sino una condición básica de calidad y cumplimiento. Y creo que hacia finales de 2026 veremos una actividad mucho mayor, justamente porque está creciendo el interés por adaptarse a la normativa y porque las organizaciones empiezan a comprender que ya no pueden seguir postergando este tema.
ELR: Reflexionando sobre el primer año de aplicación de estas normas, ¿qué impacto cuantificable han tenido en la experiencia de usuario y en el cumplimiento normativo de las organizaciones?
Mariana: Si lo analizamos desde junio de 2026, yo sería prudente al hablar de un impacto plenamente cuantificable, porque todavía no se ha cumplido un año completo desde la aplicación de la European Accessibility Act. Estamos, más bien, en una etapa inicial de implementación, donde empiezan a verse señales concretas, pero todavía no una transformación homogénea y estable en todo el mercado.
En términos de cumplimiento normativo, el impacto más visible hasta ahora es que la accesibilidad ganó centralidad dentro de la agenda institucional. Muchas organizaciones, sobretodo las grandes, comenzaron a revisar procesos, a pedir orientación y a acercarse a universidades, entidades especializadas y profesionales del sector para entender cómo abordar el tema, qué normas deben aplicar y qué cambios internos necesitan hacer. Es decir, lo que hoy vemos es una activación del ecosistema.
También empezaron a aparecer precedentes relevantes de exigibilidad. En Francia, por ejemplo, asociaciones de personas con discapacidad visual impulsaron acciones contra grandes cadenas de supermercados por la inaccesibilidad de sus plataformas de compra online. Primero hubo intimaciones formales en julio de 2025 y luego, ya en 2026, decisiones judiciales y apelaciones. Más allá del resultado puntual de cada caso, ese antecedente es importante porque muestra que la accesibilidad digital ya empieza a ser exigida no solo desde la normativa, sino también desde la acción de los propios usuarios y las organizaciones que representan sus derechos.
Ahora bien, si hablamos de impacto cuantificable en la experiencia de usuario, mi impresión es que todavía no hay evidencia suficiente para afirmar una mejora amplia y sostenida. De hecho, los datos generales siguen mostrando un escenario muy problemático: el informe WebAIM Million 2026 detectó errores de accesibilidad en el 95,9 % de las páginas de inicio analizadas y un promedio de 56,1 errores por página, incluso por encima del dato de 2025. Esto sugiere que, al menos por ahora, la mejora real en la experiencia digital accesible avanza más lentamente que la presión normativa.
Por eso, diría que el impacto más claro en estos primeros meses no es todavía una mejora cuantificable y generalizada de la experiencia de usuario, sino un cambio en el comportamiento de las organizaciones. Hay más preocupación por el cumplimiento, más consultas, más necesidad de formación y más conciencia de que la accesibilidad ya no puede tratarse como algo optativo. Probablemente hacia finales de 2026 tengamos un panorama más claro para medir resultados más sólidos. Por ahora, lo que puede afirmarse es que la norma ya generó movimiento, aunque la transformación efectiva todavía avanza a un ritmo desigual y más lento de lo deseable.
ELR: En el ámbito de la publicación digital, ¿qué formatos de libro electrónico ofrecen el mejor soporte para las funciones de accesibilidad y cuáles son los requisitos técnicos esenciales para que un e-book cumpla con la normativa?
Mariana: En publicación digital, el formato que hoy ofrece mejor soporte general para accesibilidad es el EPUB 3. La razón es clara: está basado en tecnologías web abiertas, permite reflujo del texto, mejor adaptación a tamaño de fuente, contraste y espaciado, y se apoya en el marco de accesibilidad definido por EPUB Accessibility 1.1, que a su vez se basa en WCAG.
También existen otros formatos, pero en el mercado editorial general el formato de referencia sigue siendo EPUB. En cambio, los e-books en PDF suelen presentar más limitaciones para una experiencia de lectura verdaderamente adaptable, y los EPUB de maquetación fija pueden ser especialmente problemáticos si no se trabajan con mucho cuidado, precisamente porque restringen el reflujo y la adaptación visual. W3C ha publicado incluso una guía específica sobre los desafíos de accesibilidad del fixed layout, lo que ya muestra que no es la opción más favorable por defecto.
Respondiendo al cumplimiento normativo en el marco europeo, la respuesta más sólida es que un e-book debería producirse como EPUB 3 accesible y verificarse conforme a EPUB Accessibility 1.1, porque ese estándar define los requisitos de conformidad y de metadatos de accesibilidad para publicaciones EPUB, y además ya existe un mapeo específico entre EPUB Accessibility y la European Accessibility Act.
En cuanto a los requisitos técnicos esenciales, lo resumiría entre estos: Primero, una estructura semántica correcta: títulos, subtítulos, listas, tablas y secciones deben estar bien marcados para que la navegación sea comprensible y funcione con tecnologías de apoyo.
Segundo, contenido perceptible y operable: texto alternativo en imágenes informativas, descripciones más extensas cuando haga falta, orden lógico de lectura, identificación clara de enlaces y controles, y compatibilidad con navegación por teclado y lectura mediante lector de pantalla. Tercero, adaptabilidad visual: el contenido debe poder refluír y seguir siendo legible cuando la persona cambia tamaño de letra, espaciado o presentación (adaptarse a distintos tamaños de pantalla). Cuarto, metadatos de accesibilidad: un EPUB accesible no solo debe ser accesible, también debe poder declararlo de forma trazable para que bibliotecas, distribuidores y personas usuarias sepan qué características ofrece.
Y algo importante: no alcanza con que el archivo “abra” correctamente. Para que un e-book cumpla de verdad, debe garantizar toda la cadena de acceso y uso: que pueda encontrarse, adquirirse o prestarse, abrirse en lectores compatibles y leerse con tecnologías de apoyo. Ese enfoque más amplio también está alineado con la lógica de la EAA aplicada al ecosistema del libro digital.
ELR: ¿Cuáles son los obstáculos técnicos o arquitectónicos más importantes a los que se enfrentan los equipos a la hora de adaptar productos digitales complejos a las normas WCAG 2?
Mariana: Uno de los principales obstáculos aparece cuando la accesibilidad se intenta resolver sobre productos ya consolidados, con arquitecturas complejas, múltiples capas tecnológicas y decisiones heredadas que nunca incorporaron este criterio desde el inicio. En esos casos, adaptar un producto a las WCAG 2 no significa simplemente corregir errores visibles, sino revisar componentes, flujos, patrones de interacción y, muchas veces, la propia lógica con la que fue construido. Cuanto más grande es el ecosistema digital, más difícil resulta intervenir sin afectar otras partes del sistema.
A nivel técnico, uno de los problemas más frecuentes es la existencia de componentes personalizados que no respetan la semántica nativa de HTML o que rompen la compatibilidad con tecnologías de apoyo. Esto sucede en menús, modales, carruseles, pestañas, acordeones, formularios dinámicos, tablas complejas o interfaces construidas enteramente con JavaScript. Cuando esos componentes no fueron diseñados con accesibilidad desde el origen, corregirlos después implica rediseñar interacciones completas, revisar foco, roles, estados, nombres accesibles y comportamiento con teclado y lector de pantalla.
Otro obstáculo importante está en los entornos dinámicos y en las aplicaciones complejas, especialmente cuando hay contenido que cambia sin recargar la página, interfaces de una sola página, actualizaciones asincrónicas o cambios de contexto mal comunicados. En esos escenarios suelen aparecer fallos en el manejo del foco, en el orden de lectura, en la exposición correcta de la información al árbol de accesibilidad y en la comprensión general de lo que está ocurriendo en pantalla. Muchas veces la interfaz funciona visualmente, pero no es robusta para una persona que navega con teclado o depende de un lector de pantalla.
También pesa mucho la dependencia de terceros. En productos digitales complejos, muchas organizaciones trabajan con librerías, frameworks, plugins, sistemas de diseño, CMS, pasarelas de pago, reproductores, visores o herramientas externas que no siempre son accesibles o no lo son de manera consistente. Eso genera una dificultad estructural, porque incluso cuando existe voluntad de cumplimiento, parte del producto depende de soluciones sobre las que no siempre se tiene control directo.
Pero, además de lo estrictamente técnico, hay un problema arquitectónico y organizacional muy fuerte: la fragmentación. En productos complejos intervienen diseño, desarrollo, contenidos, QA, producto, compras, legal y proveedores. Si la accesibilidad no forma parte de una estrategia transversal, la cadena se rompe. Puede haber una interfaz bien diseñada, pero con contenido mal estructurado; o un desarrollo correcto, pero sin criterios claros en componentes reutilizables o sin validación real con tecnologías de apoyo.
Por eso, diría que los principales obstáculos son la deuda técnica acumulada, los componentes no accesibles desde origen, la complejidad de los flujos dinámicos, la dependencia de soluciones de terceros y la falta de integración de la accesibilidad en toda la arquitectura del producto y de la organización. Adaptar productos digitales complejos a las WCAG 2 no es solo una tarea de remediación técnica: es un proceso de transformación estructural.
ELR: Más allá de las barreras técnicas, ¿qué retos sistémicos o culturales dentro de las organizaciones suelen impedir la adopción de un diseño que dé prioridad a la accesibilidad?
Mariana: Uno de los principales retos sigue siendo que muchas organizaciones todavía no entienden la accesibilidad como una responsabilidad transversal. Con frecuencia, la siguen viendo como una validación al final del proceso, como una exigencia normativa que hay que cubrir o como un problema que debe resolver una única persona experta. Y ese, justamente, es uno de los grandes errores.
Cuando la accesibilidad se aborda solo para cumplir con la normativa, sin que exista una comprensión más profunda de su sentido, los cambios suelen ser frágiles y de corta duración. Muchas veces, una vez que los consultores o especialistas se retiran, la organización vuelve a reproducir las mismas prácticas, porque no ha cambiado realmente su forma de mirar ni de abordar el proyecto. Y ese es el punto central: no se trata solo de cumplir, sino de transformar la lógica con la que se diseña, se desarrolla y se gestiona lo digital.
Esa mirada limitada frena cualquier avance real, porque la accesibilidad no depende únicamente del desarrollo. Atraviesa decisiones de dirección, diseño, contenidos, producto, compras, comunicación, testing y atención al cliente.
También existe una dificultad cultural importante en la manera en que muchas organizaciones conciben la calidad digital. Con frecuencia, se priorizan la velocidad de salida, la estética o la innovación, mientras que la accesibilidad queda relegada, como si fuera un valor agregado y no una condición básica de cualquier producto o servicio digital.
El problema de trabajar de ese modo es que la accesibilidad casi siempre llega tarde, en una lógica correctiva. Y cuando se incorpora al final, suele percibirse como costosa o difícil de implementar. En realidad, eso ocurre porque remediar un producto que no fue pensado desde el inicio con criterios de accesibilidad siempre resulta más complejo y costoso, tanto en términos económicos como de tiempo y de recursos. Por eso, integrar la accesibilidad desde el principio no solo es una decisión más inclusiva, sino también una estrategia más eficiente y sostenible para las organizaciones.
Otro reto es la falta de formación. Los equipos no saben bien qué exige la normativa, cómo interpretar las WCAG, cómo aplicar criterios accesibles en diseño, cómo redactar contenidos comprensibles o cómo testear con tecnologías de apoyo. Entonces aparecen decisiones que excluyen no por intención, sino por falta de marco, de lenguaje común y de capacidades instaladas dentro de la organización. Faltan profesionales especializados en accesibilidad.
También influye una cuestión más profunda, que es la escasa incorporación de la diversidad humana en la cultura institucional. Mientras la discapacidad y la diferencia sigan viéndose como excepciones, la accesibilidad seguirá tratándose como algo secundario. El cambio real empieza cuando la organización comprende que diseñar para la diversidad no es atender a una minoría, sino mejorar la calidad de uso para todas las personas.
Por eso, creo que el mayor desafío cultural es pasar de una lógica de cumplimiento normativo a una verdadera cultura de inclusión. Y eso no se logra solo con normas o auditorías: requiere liderazgo, formación, procesos, participación de personas con discapacidad y una decisión institucional de cambiar la manera de pensar lo digital.
ELR: ¿Cómo ayuda concretamente tu organización a los clientes a cumplir los requisitos de accesibilidad y a alcanzar objetivos sostenibles en este ámbito?
Mariana: Desde mi lugar de trabajo, el acompañamiento a clientes y organizaciones se da de una manera bastante concreta y progresiva. No se trata solo de señalar incumplimientos, sino de ayudar a comprender qué barreras existen, cómo impactan en las personas usuarias y qué pasos deben darse para corregirlas de forma sostenible. Ese trabajo suele comenzar con auditorías y evaluaciones de accesibilidad sobre sitios web, aplicaciones, plataformas o documentos digitales, tomando como referencia marcos como las WCAG 2.2 y la UNE-EN 301549.
A partir de ahí, se elaboran informes técnicos y recomendaciones para los equipos de desarrollo. Para que las organizaciones no solo sepan qué está mal, sino también cómo abordarlo según niveles de criticidad, impacto y viabilidad. Pero el trabajo no termina en el diagnóstico. También realizo asesoría durante los procesos de remediación, acompañando a equipos de diseño, desarrollo, contenidos o producto para que puedan implementar mejoras reales y no solo correcciones superficiales.
Otro aspecto central es la formación. Una parte importante de nuestro trabajo consiste en capacitar a estos equipos que llevan a delante las mejoras, porque la sostenibilidad en accesibilidad no se logra únicamente con una auditoría puntual, sino cuando la organización desarrolla criterios propios y puede incorporarlos en su práctica cotidiana. Por eso se implementan talleres, cursos y acciones de sensibilización orientadas a diseñadores, desarrolladores, editores de contenido y responsables institucionales.
Además, en mi práctica profesional en las reuniones de devolución de los informes busco que los clientes no entiendan la accesibilidad como una corrección aislada, o que solo cumpla la normativa, sino que la aborden como un proceso transversal que debe integrarse en toda la cadena: diseño, desarrollo, contenidos, validación y mantenimiento.
En resumen, se trata de combinar y dar primero un diagnóstico, luego un asesoramiento de cómo se pueden abordar esos problemas que se detectaron, capacitar a los equipos que llevaran adelante el proyecto de remediación, con el objetivo de que no solo alcancen el cumplimiento normativo, sino que puedan sostener una cultura de accesibilidad más estable en el tiempo.
ELR: Garantizar una interacción fluida entre la estructura del código y las tecnologías de asistencia puede ser complejo. ¿Cómo se mantiene la integridad del árbol de accesibilidad en HTML, XML y CSS? ¿Exigen estas directrices en constante evolución la aparición de nuevos perfiles profesionales especializados?
Mariana: Mantener la integridad del árbol de accesibilidad exige, respetar la semántica desde la base. El navegador construye ese árbol a partir del DOM y lo expone a las tecnologías de asistencia, como los lectores de pantalla. Por eso, cuando el HTML está bien estructurado y utiliza correctamente los elementos nativos, ya existe una base más robusta para garantizar una interacción accesible. El problema aparece cuando esa semántica se rompe con componentes personalizados, con un uso incorrecto de ARIA o con decisiones visuales que no contemplan cómo se comunica realmente la información a las tecnologías de apoyo.
En la práctica, esto se sostiene cuidando varios aspectos a la vez: usar HTML nativo siempre que sea posible, aplicar ARIA solo cuando realmente hace falta, preservar nombres accesibles, roles y estados, y controlar el foco, el orden de lectura y los cambios dinámicos de interfaz. En HTML y XML, la clave está en la estructura lógica, la jerarquía correcta y la relación semántica entre los distintos elementos. En CSS, aunque no aporta semántica por sí mismo, sí puede afectar la experiencia si altera el orden visual respecto del DOM, elimina indicadores de foco o genera presentaciones que dificultan la comprensión o la navegación.
Pero hoy el problema ya no se limita únicamente al árbol de accesibilidad ni a la compatibilidad con tecnologías de asistencia. En este punto aparece con fuerza la idea de ciberaccesibilidad: ya no basta con que la interfaz esté correctamente construida desde el punto de vista semántico, si luego los mecanismos de acceso, autenticación, verificación o seguridad generan nuevas barreras para las personas usuarias. Pensemos, por ejemplo, en CAPTCHA inaccesibles, dobles factores de autenticación mal diseñados, validaciones biométricas excluyentes o procesos de verificación que dependen de una sola modalidad de interacción. El desafío actual no es solo preservar el árbol de accesibilidad, sino garantizar una interacción segura, autónoma y realmente usable en entornos digitales cada vez más complejos.
En cuanto a los perfiles profesionales, creo que estas transformaciones están consolidando una especialización cada vez mayor. Ya no alcanza con un conocimiento generalista de front-end o con una revisión puntual de cumplimiento. Hacen falta perfiles que comprendan semántica web, WCAG, ARIA, testing manual, tecnologías de apoyo, diseño inclusivo, accesibilidad cognitiva y, también la relación entre accesibilidad, identidad digital y seguridad. Más que aparecer un perfil nuevo, lo que estamos viendo es una ampliación del campo y una diversificación de especialidades: auditores de accesibilidad, testers especializados, consultores normativos, expertos en documentos y publicación digital accesible, profesionales de UX inclusiva y perfiles híbridos capaces de conectar desarrollo, experiencia de usuario, cumplimiento y ciberaccesibilidad.